Nos encontramos en lo que algunos psicólogos han calificado como la era de los signos. La cantidad de información que se trasmite y se almacena es la mayor que ha desarrollado cualquier otra époco de la humanidad. La abundancia en la producción y el crecimiento económico han generado, en paralelo, una explosión de información y volumen de signos circulantes. La mayoría de los bienes de consumo no se valoran por su utilidad o uso sino más bien por su apariencia.

La información se ha convertido en uno de los bienes más preciados en nuestra Sociedad de Consumo. Se puede comprar, transformar, adquirir; no obstante, este aspecto pasa desapercibido para muchos de nosotros. Parece que el consumo se centra tan sólo en objetos materiales. Sin embargo, existe un tipo de consumo masivo del que nadie nos habla: La información.
Como bien de consumo, también responde a esta imagen externa. Hemos llegado a un punto en el cual prevalece su apariencia externa sobre su consistencia interna.
La información no se extingue cuando la consumimos: se puede transformar, adulterar pero nunca se extinguirá. Aplicando el principio de la termodinámica entenderemos este punto.
El surgimiento del gran océano de la Red ha favorecido esta concepción de imagen externa. En nuestro océano el agua ha transformadi sus átomos de hidrógeno y oxigeno en partículas de información. Hablamos de texto, imágenes y sonido. La información nos rodea por todas partes.Hoy día cualquier persona puede convertirse en fabricante y consumidor al mismo tiempo. Tan sólo hace falta un ordenador que este concectado a la Red y unos escasos conocimientos de informática. Sin embargo, cantidad no es sinónimo de calidad.
Nos movemos por atractivos escaparates en los que se nos ofrece un producto de fácil adquisición pero de difícil asimilación. Nos alimentamos de imágenes de un aspecto suculento. Dejamos que nuestra vista nos engañe con apariencias externas que pueden llegar a envenenarnos. En nosotros coexiste un límite y abismo al mismo tiempo. Al igual que aquel niño que tiene todo a su alcance, no valoramos la importancia de este producto. Quizás el problema radique en el buen uso de esta adquisición. Utilizando las palabras de Roland Barthes: " nos movemos por la palabra indirecta, una imagen que tiene tanta fuerza que pasa desapercibida para el ojo crítico más feroz". Un disimulo que se puede convertir en un contrasentido.

Este consumo, a diferencia de otros productos, carece de los filtros necesarios para la detención de su calidad. Ante la abundancia de la información, unida a la escasez de filtros de los usuarios, nos sentimos abrumados, bloqueados y bombardeados. Quizás e problema reside en una diferenciación de conceptos. Se ptrotege al consumidor, se le orienta en unas recomendaciones y pautas a seguir no obstante, respecto al consumo de información, no se nos advierte.
Desgraciadamente, no todos los usuarios poseemos los criterios necesarios para poder orientarnos. Carecemos de la capacidad de confrontación, o lo que es lo mismo, el sistema de relación de fuerzas dentro de una cadena interpretativa.
Los periodistas actuamos como mediadores de los consumidores de información pero ocurre que, ante la abundancia de posibilidades nos sentimos desbordados e impotentes. Una posible solución la encontramos en la " alfabetización del usuario", entendiendo esta alfabetización como una culturización visual. Sin embargo, esta solución ya no nos basta, necesitamos una entidad que nos proteja de las amenazas del ingenio de la apariencia. En otras palabras, necesitamos la trasnformación de la Sociedad de consumo en una Sociedad del Criterio.

Conceptos como adicción al consumo forman parte de nuestro vocabulario. Si entendemos la información como un bien de consumo ¿ Podremos caer en la adición? Sin lugar a dudas, sí.
Concibiendo la adición como una adulteración de la imagen inicial, entenderemos cómo podemos llegar a ella. Podríamos hablar de distintos tipos o grados en una doble dirección: fabricación y consumición.
En el proceso de consumición podemos adulterar el resultado final provocando un contrasentido en el postulado de que todo individuo tiene derecho al acceso a la información.Todos tenemos derecho a ella.

El principal problema reside en la utilización de la misma. El consumo de información puede derivar en una extinción sino se transforma en conocimiento. Esta transformación será la que condicione la supervivencia o desaparición. Si no la procesamos adecuadamente puede llegar a evaporarse.
Simultáneamente a este proeceso de evaporación tendrá lugar la supresión del derecho a todo ciudadano a la información. El derecho a la información se habrá extinguido. Por contra, si esta información deriva en conocimientos la pervivencia será estable lo que nos permitirá seguir accediendo a ella.
De nostros depende la pervivencio de este derecho. Cada uno poseemos la llave hacia la puerta de la información, una llave que podemos utilizar o perder al mismo tiempo.
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